Mujeres Académicas en Toledo, por José María San Román

Blanca de los Ríos, Correspondiente en Madrid, con el Director de la Real Academia, Rafael Ramírez de Arellano, y tras ellos Adolfo Aragonés, Secretario, y Vicente Lampérez (Foto ABC).

Que la inteligencia y el trabajo no son cuestión de sexo resulta más que evidente. Y más, en un mundo como el académico, donde la integración de la mujer ha sido paulatina y ha pasado por varias etapas, desde una visión paternalista donde la sabiduría femenina era una rareza hasta su plena inclusión a través de sus méritos, investigaciones y conocimientos. Es buena muestra de ello que cada vez son más los perfiles de mujeres que presiden grupos de investigación, participan en proyectos de diversa índole y forman parte de instituciones académicas.

A propósito de la reciente elección como Académica Numeraria de la Real Academia toledana de la antropóloga Isabel Ralero Rojas, a quien aprovecho para felicitar por su nombramiento, se han publicado diversas noticias en prensa hablando sobre las mujeres que en la actualidad comparten con ella esta categoría, si bien no se ha hablado de las mujeres que en tiempos pretéritos han servido a la Academia con sus conocimientos y su trabajo. Incluso, algunos medios las han olvidado, llegando a afirmar que la señora Ralero es la cuarta mujer que ha ingresado en la Casa en sus ciento cuatro años de historia, lo cual no es cierto. En 1968, Julio Porres se encargó del discurso de contestación a Mercedes Mendoza. Y, haciendo referencia al anterior nombramiento de una mujer Académica, que fue en 1930, dijo lo siguiente: «Desde entonces, ninguna otra señora o señorita ha formado parte de la Corporación. Y no porque los Estatutos excluyan a la mujer, lo que sería absurdo aun en 1922, fecha de los hoy vigentes, sino porque las dedicadas a tareas afines a las que acoge esta Casa han morado muy poco tiempo en Toledo, y, además, aun siendo sus actividades sin duda meritorias, no alcanzaban el relieve, la intensidad y la indiscutible valía de las tres que han sido elegidas últimamente». A la luz de la hemeroteca, y si mis cuentas no fallan, han sido académicas un total de sesenta y tres mujeres desde su fundación en el año 1916, de las cuales fueron cincuenta y cuatro Académicas Correspondientes, dos Académicas Numerarias que pasaron a Correspondientes —Julia Méndez Aparicio y María Victoria de Ancos Carrillo— y siete Académicas únicamente Numerarias —Mercedes Mendoza Eguarás, Matilde Revuelta Tubino, Esperanza Pedraza Ruiz, Rosalina Aguado Gómez, Josefa Blanco Paz, Dalila del Valle Peña e Isabel Ralero Rojas—.

Las dos primeras mujeres que ingresaron lo hicieron en la categoría de Académicas Correspondientes. Una, en Madrid, fue Blanca de los Ríos Nostench, Numeraria de la Real Academia Hispano-Americana de Ciencias y Artes, reconocida escritora y esposa del arquitecto y también Correspondiente Vicente Lampérez Romea. Influenciada decisivamente por Emilia Pardo Bazán en su vida literaria, ingresó en la Real Academia toledana en 1918 con una hoja de méritos más que brillante, entre los que destacan algunos como que acudió a algunas destacadas tertulias literarias de Madrid, publicó algunos artículos de gran interés en revistas tan conocidas como La Ilustración Española y Americana, ABC, La Raza Española, que dirigió, Nuevo Mundo, Blanco y Negro e Hispania y desveló datos sobre personajes desconocidos como Pedro Liñán de Riaza y Juan Ruiz de Alarcón. Otra, en Toledo, fue Sor Encarnación Heredero, monja en el Real Monasterio de Santa Isabel de los Reyes de Toledo, en el que pasó por diversos oficios hasta llegar a ser Priora durante treinta y seis años. Entre sus méritos, destacan sus investigaciones sobre Sor María la Pobre, fundadora del Monasterio, y sobre la Madre Jerónima de la Asunción, misionera en Filipinas, de cuyo cuadro pintado por Velázquez gestionó la venta al Museo del Prado. Asimismo, escribió libros devocionales como Aromas Eucarísticos o El ramo de flores. Ingresó como Correspondiente en Toledo en 1930, siendo presentada por Francisco de Borja San Román, Buenaventura Sánchez Comendador e Ismael Ciriaco del Pan.

Por otra parte, la primera Académica Numeraria fue la archivera granadina Mercedes Mendoza Eguarás. Licenciada en Semíticas, fue becaria del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, ayudante de la Cátedra de Historia de la Universidad de Granada, ingresó en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, siendo sus destinos la Real Chancillería de Granada, el Archivo Histórico Nacional y, finalmente, el Archivo Histórico Provincial de Toledo, así como el de la Delegación de Hacienda. Son especialmente admirables sus trabajos sobre los escribanos de Toledo. Consiguió, además, junto a Julia Méndez, que el Estado crease en Toledo una Casa de la Cultura, de cuyo Patronato fue miembro hasta su temprano fallecimiento el 31 de octubre de 1969, a causa de un accidente de tráfico. Fue una de las Académicas Numerarias que menos tiempo ostentó tal condición, pues tan solo hacía un año de su ingreso cuando falleció. Por cierto, que quien menos tiempo duró como Numerario fue Federico Latorre, que murió el 19 de mayo de 1923, tan solo veintisiete días después de su ingreso.

A partir de ahí, otras grandes mujeres han formado parte de la Real Academia. Hayan sido Numerarias o Correspondientes, lo cierto es que sus trabajos al servicio de la Casa han redundado positivamente en Toledo y en su provincia. Y, en la actualidad, podemos decir orgullosos que cuatro mujeres ostentan la condición de Numerarias —una de ellas, electa—, cinco la de Correspondientes en la ciudad de Toledo, ocho la de Correspondientes en la provincia de Toledo, diez la de Correspondientes en Madrid, cinco la de Correspondientes en diversas provincias de España y cinco la de Correspondientes en el extranjero. Aunque no son las cifras, sino el trabajo, lo que verdaderamente ennoblece las tareas académicas, lo cierto es que la Real Academia toledana nunca ha prescindido de las mujeres, sabedores sus miembros de aquella máxima de Honoré de Balzac: «el instinto de la mujer equivale a la sagacidad de los grandes hombres».

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