TOLEDO Y GUADALUPE (III)

TOLEDO MARCHA A GUADALUPE POR CAMINOS DE IDA Y VUELTA

El territorio diocesano de Toledo, se ve cruzado por numerosos caminos que la devoción a la Virgen de Guadalupe mueve a transitar desde los tiempos históricos de la construcción del primer santuario. Allí donde existe un devoto de esta advocación mariana universal, comienza un camino de peregrinación personal sin tiempo. Pero el tránsito permanente por algunos itinerarios históricos específicos, al santuario de las Villuercas, afianzaron caminos de peregrinación colectiva que de manera habitual, han permanecido abiertos. Así, se establecieron corrientes avaladas por la costumbre heredada y por los estímulos devocionales de la iglesia toledana, que comienza y acaba allí, donde lo hace la cacereña. Modificar esos límites cuando la universalidad de la Virgen de Guadalupe es un hecho reconocido por los propios diocesanos extremeños, seria reducir a límites políticos la “propiedad” de los sentimientos marianos comunes, extendidos a las regiones limítrofes y a otras más lejanas  del mundo.

Guadalupe nunca ha sido un centro de referencia política, ni siquiera por los reyes castellanos. Prevaleció la santidad del lugar y su cuidado.

A Guadalupe solo se iba a peregrinar.

Los Reyes Católicos fueron los grandes impulsores de la devoción a la Virgen de Guadalupe, a quienes solo les movía, en sus frecuentes visitas al santuario, la gran estima que sentían por la Virgen bajo esta advocación, muy a pesar de los caminos difíciles  que debían recorrer hasta llegar a este rincón conquistado y repoblado por Castilla.

Isabel la Católica y su esposo, de manera individual o como pareja reinante, frecuentaron esta santuario “por la mucha devoción que tenían a Nuestra Señora y mucho amor a esta casa” según relata el P. Arévalo a finales del siglo XV. El historiador Arturo Álvarez, estudió 23 visitas de estos monarcas a Guadalupe. Es conocido que la primera vez que la reina católica visitó el monasterio, fue en el año 1464 y contaba  trece años, iba acompañando a su hermano Enrique IV, a su esposa Juana de Portugal y el rey vecino Alfonso V de Portugal que se unió en Puente del Arzobispo a la comitiva real castellana. Desde entonces, la reina, no cesó de acudir a Guadalupe, tanto desde Andalucía o Castilla, cuya generosidad para con el monasterio se hizo manifiesta. Mandó construir una gran hospedería donde se alojaban los reyes, dotando de privilegios al santuario e instituciones a la villa. En  1502 la reina católica, ya débil de salud para viajar por caminos tan accidentados, pisó por última vez tierras de Talavera en su apreciado monasterio de las Villuercas. Regresando a Medina del Campo por Toledo.

Los reyes de la Casa de Austria continuaron su presencia en el santuario, quien también acogió ocasionalmente algunos reyes de Portugal.

En 1743 decía el P. San José que la hospedería real se cuidaba poco “desde que faltan los reyes”. Por lo que entendemos una ruptura de la presencia real en Guadalupe.

Pero el pueblo devoto permaneció fiel a Nuestra Señora, y ni el barro, ni el polvo, ni la espesura del bosque, ni los peligros de unos largos caminos que protegía la Hermandad Vieja de Talavera o de Toledo, fueron obstáculo para que numerosos peregrinos hicieran un camino poco a poco al caminar, como diría el poeta, impulsados por la fe, en busca de favores ante necesidades o manifestación de agradecimientos por los recibidos. Con estas esperanzas alfombraron  los caminos de Guadalupe, que hoy se pretenden recuperar y mantener.

La expansión de la devoción a la Virgen de Guadalupe por tierras de la archidiócesis toledana está tan viva, en especial por amplias comarcas de las antiguas tierras de Talavera y las de la ciudad de Toledo, que las peregrinaciones han sido y aún son, una constante en la vida de muchas parroquias, asociaciones o grupos procedentes de los territorios mencionados.

Doce caminos divulgados a finales del siglo XX  llevan a Guadalupe desde los cuatro puntos cardinales. Algunos son los habituales y otros han ido surgiendo desde diversas comarcas de las comunidades autónomas de Madrid, CLM, Extremadura, Andalucía, Levante o Portugal, con nombres que indican su procedencia. Unos son antiguos y otros recuperados, sumando todos un total de 1.337 Km., reunidos en un proyecto impulsado por las asociaciones de desarrollo local, conocido como “Itínere”, de compleja  coordinación, pues son 17 grupos de las comunidades descritas los que participan o participaron. Caminos que pretenden ser motor para impulsar el desarrollo de las comunidades rurales por las que  discurren, siendo Guadalupe el punto de confluencia de todos ellos.

Independientemente de estos proyectos de la sociedad civil para organizar doce o los caminos que estimen necesarios, debemos volver a la realidad de algunas rutas tradicionales o habituales que han permanecido vivas como históricas, vinculando con ellas una parte importante de la geografía eclesiástica toledana y sus gentes, con el monasterio.

Siendo Guadalupe parte integrante de la archidiócesis de Toledo, es lógica la comunicación habitual desde el siglo XIV con la capital eclesiástica, por lo que se generaron caminos permanentes que aún subsisten.

Los caminos a Guadalupe que cruzan la diócesis de Toledo son el Camino Real que partía de Madrid y por Toledo bordeando el Tajo por su margen derecha por Cebolla, llegaba a Talavera, Oropesa y Puente del Arzobispo, confluyendo  en  esta población los que bajaban de Ávila, o llegaban de Portugal, para continuar por Villar del Pedroso, Navalatrasierra, Alía y Guadalupe.

El otro tradicional, que acredita su antigüedad como “camino habitual” y de nutridas peregrinaciones en época moderna, es el que recorre los Montes de Toledo con sus variantes por el sur, que a pesar de lo abrupto del terreno en la segunda mitad del itinerario, era utilizado como un importante “atajo” por muchos peregrinos, como lo demuestran algunos registros parroquiales  de Navahermosa, donde la cofradía de la Santa Caridad atendía un hospitalito donde los peregrinos pobres encontraban albergue y atención. En los documentos de la Hermandad Vieja de Toledo, tenemos evidencias del paso de peregrinos a Guadalupe por esta localidad y otras vecinas en 1675. Incluso hemos detectado peregrinos a Guadalupe por este itinerario, desde lugares tan lejanos como Pontevedra.

También a  principios del siglo XX, estando asfaltado ya el camino de Guadalupe a Navahermosa proyectado en 1864, fue ruta utilizada por los arzobispos de Toledo, como lo recogen algunos reportajes periodísticos del ABC o El Castellano.

El itinerario original partía desde Toledo a Polán, Gálvez, Navahermosa, Los Navalmorales, Espinoso del Rey, Buenasbodas, La Nava de Ricomalillo, Campillo de la Jara, Puerto de San Vicente, Alía y Guadalupe. Camino señalado desde antiguo en las indicaciones kilométricas pintadas de azul, en las casillas de camineros que lo jalonaban.

Una variante por el sur de la comarca, es el itinerario  por el que acuden todos los años a pie, numerosos  monteños, unos días antes de la festividad de la Virgen (8 de septiembre), partiendo desde Alcoba de los Montes a Horcajo, Bohonal, Anchuras, Puerto Rey, Alía y Guadalupe. Como anécdota, en Horcajo existe y se mantiene una ermita dedicada a la Virgen de Guadalupe.

En este caso, es un camino de peregrinación  instituido en unas fechas prefijadas anualmente, que en su tránsito, recogen devotos y caminantes de los pueblos que atraviesa, donde también reciben atención.

No vamos a incidir más en los vínculos actuales entre los territorios mencionados  y Guadalupe, que desde la Edad Media han permanecido y permanecen. Hemos podido comprobar cómo a lo largo de los últimos años, durante las encuestas y sondeos sobre la vigencia de la devoción guadalupana en diversas comarcas toledanas (Talavera y Montes de Toledo), muchas familias peregrinan a Guadalupe por promesas, acciones de gracias, devoción secular heredada, etc… incluso acuden a su fiesta como miembros de alguna cofradía de la misma villa de Guadalupe.

No podemos obviar este movimiento mariano que manifiesta una inclusión no solo histórica, sino muy actual, entre los arciprestazgos diocesanos  de Toledo en las provincias civiles de Cáceres o Badajoz, con los otros de nuestra provincia, incluso con algunos de Ciudad Real en los Montes de Toledo. No existen fronteras devocionales en torno a un santuario que es de todos los que veneran a la imagen morena de las Villuercas.

La expansión de la corriente generada por esta tradición, forma parte del patrimonio inmaterial, no solo de Extremadura, sino también con pleno derecho, al de Toledo, donde ese patrimonio  ha sido custodiado por la archidiócesis desde que la imagen de la Virgen de Guadalupe fuera llevada quizá por repobladores del siglo XIII a los repliegues y valles de las Villuercas, bajo el pontificado del arzobispo toledano Jiménez de Rada y se construyera una pequeña ermita.

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